lunes, 30 de marzo de 2015

Carta no enviada a un idiota

Tengo en mi mano la capacidad de atesorarte y a la vez de dejar de lanzar piedras a tu torpe cabeza hueca. Esta es la última nota cursi que te escribo.
Te quiero. ya no busco una amistad, me es intolerable pensar en que es una especie de hermandad. Tus labios. Lo joden más, ya no dejo de pensar si esa forma inquiere en un sabor especial también o si suavidad o... ¿Lo ves? Patética. Chiquilla patética. Debería esconderme  detrás de libros de Simone de Beauvoir o de Baudelaire.
Me parece idiota escribir esto. Será que eres una idiota. Calla, maldito chango. Acéptalo. No quiero. Pero me quieres. Y tú a mí. Se me acabará. Entonces yo te querré sola. ¿Eso quieres?. Si eso me hace sentir como tú te sentías. Estúpida giganta. Estúpido idiota. Redundancia. Una que la vale. Te quiero.Yo más. Te quiero y no quiero hacerlo. Solo un poco.

martes, 7 de octubre de 2014

Autorretrato

Una navidad en el hospital. Su madre no comía pavo ni panetón. El pequeño árbol con lucecillas y pelotas de colores junto a su camilla. Enfermeras ruidosas en el cuarto de al lado.  Primera contracción. Segunda contracción. Tercera contracción. El 26 de diciembre contradijo pronósticos  y se demoró 32 horas en nacer. Su madre desde ahí supo que sería más terca que ella. Y eso era mucho.

Hija única de madre soltera, no es una hazaña. Ella no necesita una medalla como mejor madre del año. En el Perú, 487 mil 321 mujeres  están en esa condición, no cuentan con ayuda financiera del padre. Mujeres así, son las que intenta imitar. Recuperar esas vivencias y no derrotarse, porque al fin su único rival es ella misma. Su único obstáculo, el que ella crea que lo es.

A pesar de que nació en la provincia chalaca, toda su niñez la pasó en Comas. Ese lugar rodeado de cerros grises, cubiertos por luces nocturnas, donde quizá vive  “el niño de junto al cielo” – este cuento de Congrains era su preferido – lo recordaba cada vez que tenía que visitar a su tía, trepando el pequeño cerro, se creía cada vez más cerca del desafortunado personaje.

Lucía adora a su abuela materna, con quien comparte el mismo nombre. La maga de Rayuela; es decir, Lucía, refiere a tres generaciones y cada una esquiva a otra. “Yo soy Lucía III; mi abuela, Lucía II y mi tatarabuela; es decir, la abuela de mi abuela, Lucía I”, refiere la última primogénita.  

La torpeza se apodera de sus pasos. Cada día comenzaba con alguna eventualidad, alguna herida nueva que tienen que curarle. En el año bisiesto de 1996, durante la Eurocopa, don José Rodríguez atento a la final de Alemania y República Checa escuchó un llanto agudo desde la cocina. Lucita de nuevo se cayó.  Doña Lucía la recogía del suelo, como es costumbre, tomaba su brazo para levantarla. Un grito más fuerte de la pequeña retumbó toda la casa. Con solo meses de nacida se fracturó el codo. El brazo que le colgaba no era más grande que la mano de su abuelo, quien corriendo la llevó a emergencias.

No fue la única operación a la que se sometió, luego del yeso y los clavos que le pusieron; vinieron fracturas, esguinces y distintas complicaciones derivadas a una enfermedad genética. Lucía tiene mala suerte pues. Pero ella se divierte mostrando la cicatriz de su codo derecho. Despreocupada, hasta en el modo de andar.

Sus amigos la consideran feminista. No lo es. Admira a Simone de Beauvoir, pero no es feminista. Repite cotidianamente que “es una mujer libre e independiente por la voluntad de los pueblos”, generalmente cuando intentan costearle algo para ella. Pero no es feminista.  Tiene un afán por detectar el machismo en cualquier persona. Pero sigue sin ser feminista. Admite que la culpa es de su familia, su tía tatarabuela fue una de las primeras mujeres en el Congreso: María Colina de Gotuzzo. Y al igual que ella no podía tolerar el machismo y despotismo de las personas, como dijo en una entrevista “nos veían como bichos raros por ser mujeres”. (Diario: Ojo, año: 2000)

Como villarrealina intenta ser responsable y puntual, casi siempre con éxito. Desaliñada en su forma de vestir, intenta imitar la moda de los 90 con su estilo grunge - corriente surgida en Seattle, Estados Unidos -  su cabello castaño alborotado casi suele ocultarle el rostro, pero que le permite el pogo con su grupo favorito: Nirvana. No hace dieta porque es floja, prefiere leer las novelas que poemas. Aun así, Baudelaire se robó su atención con cada verso.


No sabe hacer una semblanza sin dejar de pensar en sus defectos, tiene el hábito de decir lo que piensa muchas veces sin meditarlo, prefiere la compañía que la soledad, depresiva controlada y constante soñadora sin caer en la mediocridad. Es muy larga la lista, quizá siga creciendo con cada segundo. Por lo pronto conozco muy poco a Lucía.

domingo, 31 de agosto de 2014

Persecución lectora


Impactar con la lectura. Acoger al lector en un pedazo tuyo. Describir un momento, una situación y algún lugar que debe interesar a los demás, suele ser complicado. Aquí algunas entradas que me mantuvieron pendiente de la historia.

Hubo un tiempo en que bastaba tomar un libro del estante para sentir un pequeño vórtice que nos conduciría, finalmente, a la experiencia inefable de la lectura. Los más apasionados los acariciaban, olían, perfumaban o protegían con aerosoles contra sus principales enemigas: las polillas. El cambio de paradigmas, en los albores del nuevo siglo, trajo consigo una serie de avances tecnológicos que se encaminan a cambiar nuestra experiencia lectora. Ni mejor ni peor, simplemente distinta y acorde con las exigencias de la era Google.
E-book o el objeto antes llamado libro.
Luis Pecora. Revista buensalvaje n° 11
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Admito que cuido mis libros con tal esmero descrito. No los perfumo, pero su olor siempre me genera placer. No suelo utilizar los E-books, los PDF solo cuando es necesario; sin embargo, recurrir a estas herramientas demuestra la aldea global que constituimos. 

La propina causa una suma de problemas, ninguno de aritmética. Cuando llega la cuenta en el restaurante, mis ojos se deslizan al final, donde la gerencia tiene la atrevida idea de sugerir una propina que es casi siempre una imposición y una condena, y rara vez una elección libre: pague el diez, el quince, el diecisiete o el veinte por ciento, insinúa el papel, y ayude a estos asalariados que dependen del favor social para alimentar a sus hijos. Comprendo el valor estimulante del pago extra —alguien se esmerará por esas monedas en la charola— y su lado compasivo —la culpa de no ayudar a quien lo precisa—, pero, por sobre todo, me atosiga la abusiva convención que ha convertido un gesto de gratitud en un mecanismo de presión que promete bochorno social a quien la niega.
La cuenta, por favor.
Diego Fonseca. Revista Etiqueta negra n°113

Nunca he sentido la presión por algún tipo de propina, pero sorprende el hecho de que en la misma cuenta te lo consideren como un "valor agregado". Sentir que cuantifico mi bondad según el dinero que deposite me resulta repugnante.
Nadie se detuvo a esperarlo cuando comenzó a jadear y tambalearse entre la hierba. Ernesto Guevara cargaba en su espalda una mochila con piedras y se aferraba a un palo de madera que en sus entrenamientos militares maniobraba como si fuese una ametralladora Johnson. Era una mañana de invierno de 1956 y faltaban unos meses para la ofensiva contra el ejército del dictador cubano Fulgencio Batista. La columna de hombres que caminaban sobre el Chiquihuite, un cerro al norte de Ciudad de México, se había adelantado unos metros sin advertir la respiración agitada de ese muchacho que años después se convertiría en el icono del rebelde del siglo XX. El instructor del grupo de revolucionarios notó su ahogo y descendió a atenderlo. Su nombre era Arsacio Vanegas, pero en el mundo de la lucha libre mexicana le decían El Kid. «Mi tío se sorprendió de verlo con un inhalador en la mano —me cuenta Ángel Cedeño, su sobrino, a quien Vanegas detalló el episodio—. Le había ocultado a todos que tenía asma». Según su relato, el guerrillero le pidió a su entrenador que no le contara a nadie del incidente.
El luchador que enseñó a caer al Che Guevara.
Martín Riepl. Revista Etiqueta negra n°104

Me apasionó la descripción. Franca, sin recargos de una escena histórica y con personajes tan reconocidos y alguno que nos invita a conocer. Interesante y con personajes que nos revelan otro punto de vista.

domingo, 24 de agosto de 2014

Herencia villarrealina

Quizá es algo genético. La Villarreal ha sido el alma mater de mi abuela, de mi madre y ahora mía. Caminar por cada pasadizo reúne la imagen de las mujeres de mi familia. Haya se sostiene en un patio con forma de estrella rodeado por unas escaleras de mármol, según mi abuela inexistentes en sus años universitarios.

“Haya siempre fue más importante que Villarreal, incluso que la misma virgen de la universidad”, recordaba mi madre. La Villarreal no es aprista, lo sé porque yo no lo soy. Los universitarios no demuestran la fiebre del búfalo. Ya no.

Recorro los tres patios del plantel, primero el patio de educación en su mayoría concurrido por parejas villarrealinas; frente a él, el patio de sociales ausente de los mininos que lo invadieron y por último, en su gran extensión, el patio central ocupado por una plataforma cuadrangular y Federico Villarreal en ella.

“¿Y la cancha de futbol?”, pregunta mi abuelita mirando las fotos que tenía. Ella no volvió a entrar desde hace 46 años y ahora losetas anaranjadas recubren el piso de sus numerosos partidos de vóley. Ahora los islotes de áreas verdes entorno al patio son los lugares concurridos para leer y conversar.

Antes de retirarme hacia el portón general, siento algunos ojos puestos en mí. Camino. Giro la cabeza. Nadie me mira. Olvidaba que Federico Villarreal observa la entrada y cada estudiante que cruza se enfrenta ante su inquebrantable mirada.