Quizá es algo genético. La
Villarreal ha sido el alma mater de mi abuela, de mi madre y ahora mía. Caminar
por cada pasadizo reúne la imagen de las mujeres de mi familia. Haya se
sostiene en un patio con forma de estrella rodeado por unas escaleras de mármol,
según mi abuela inexistentes en sus años universitarios.
“Haya siempre fue más importante
que Villarreal, incluso que la misma virgen de la universidad”, recordaba mi
madre. La Villarreal no es aprista, lo sé porque yo no lo soy. Los
universitarios no demuestran la fiebre del búfalo. Ya no.
Recorro los tres patios del
plantel, primero el patio de educación en su mayoría concurrido por parejas
villarrealinas; frente a él, el patio de sociales ausente de los mininos que lo
invadieron y por último, en su gran extensión, el patio central ocupado por una
plataforma cuadrangular y Federico Villarreal en ella.
“¿Y la cancha de futbol?”,
pregunta mi abuelita mirando las fotos que tenía. Ella no volvió a entrar desde
hace 46 años y ahora losetas anaranjadas recubren el piso de sus numerosos
partidos de vóley. Ahora los islotes de áreas verdes entorno al patio son los
lugares concurridos para leer y conversar.
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