domingo, 24 de agosto de 2014

Herencia villarrealina

Quizá es algo genético. La Villarreal ha sido el alma mater de mi abuela, de mi madre y ahora mía. Caminar por cada pasadizo reúne la imagen de las mujeres de mi familia. Haya se sostiene en un patio con forma de estrella rodeado por unas escaleras de mármol, según mi abuela inexistentes en sus años universitarios.

“Haya siempre fue más importante que Villarreal, incluso que la misma virgen de la universidad”, recordaba mi madre. La Villarreal no es aprista, lo sé porque yo no lo soy. Los universitarios no demuestran la fiebre del búfalo. Ya no.

Recorro los tres patios del plantel, primero el patio de educación en su mayoría concurrido por parejas villarrealinas; frente a él, el patio de sociales ausente de los mininos que lo invadieron y por último, en su gran extensión, el patio central ocupado por una plataforma cuadrangular y Federico Villarreal en ella.

“¿Y la cancha de futbol?”, pregunta mi abuelita mirando las fotos que tenía. Ella no volvió a entrar desde hace 46 años y ahora losetas anaranjadas recubren el piso de sus numerosos partidos de vóley. Ahora los islotes de áreas verdes entorno al patio son los lugares concurridos para leer y conversar.

Antes de retirarme hacia el portón general, siento algunos ojos puestos en mí. Camino. Giro la cabeza. Nadie me mira. Olvidaba que Federico Villarreal observa la entrada y cada estudiante que cruza se enfrenta ante su inquebrantable mirada.

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