domingo, 31 de agosto de 2014

Persecución lectora


Impactar con la lectura. Acoger al lector en un pedazo tuyo. Describir un momento, una situación y algún lugar que debe interesar a los demás, suele ser complicado. Aquí algunas entradas que me mantuvieron pendiente de la historia.

Hubo un tiempo en que bastaba tomar un libro del estante para sentir un pequeño vórtice que nos conduciría, finalmente, a la experiencia inefable de la lectura. Los más apasionados los acariciaban, olían, perfumaban o protegían con aerosoles contra sus principales enemigas: las polillas. El cambio de paradigmas, en los albores del nuevo siglo, trajo consigo una serie de avances tecnológicos que se encaminan a cambiar nuestra experiencia lectora. Ni mejor ni peor, simplemente distinta y acorde con las exigencias de la era Google.
E-book o el objeto antes llamado libro.
Luis Pecora. Revista buensalvaje n° 11
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Admito que cuido mis libros con tal esmero descrito. No los perfumo, pero su olor siempre me genera placer. No suelo utilizar los E-books, los PDF solo cuando es necesario; sin embargo, recurrir a estas herramientas demuestra la aldea global que constituimos. 

La propina causa una suma de problemas, ninguno de aritmética. Cuando llega la cuenta en el restaurante, mis ojos se deslizan al final, donde la gerencia tiene la atrevida idea de sugerir una propina que es casi siempre una imposición y una condena, y rara vez una elección libre: pague el diez, el quince, el diecisiete o el veinte por ciento, insinúa el papel, y ayude a estos asalariados que dependen del favor social para alimentar a sus hijos. Comprendo el valor estimulante del pago extra —alguien se esmerará por esas monedas en la charola— y su lado compasivo —la culpa de no ayudar a quien lo precisa—, pero, por sobre todo, me atosiga la abusiva convención que ha convertido un gesto de gratitud en un mecanismo de presión que promete bochorno social a quien la niega.
La cuenta, por favor.
Diego Fonseca. Revista Etiqueta negra n°113

Nunca he sentido la presión por algún tipo de propina, pero sorprende el hecho de que en la misma cuenta te lo consideren como un "valor agregado". Sentir que cuantifico mi bondad según el dinero que deposite me resulta repugnante.
Nadie se detuvo a esperarlo cuando comenzó a jadear y tambalearse entre la hierba. Ernesto Guevara cargaba en su espalda una mochila con piedras y se aferraba a un palo de madera que en sus entrenamientos militares maniobraba como si fuese una ametralladora Johnson. Era una mañana de invierno de 1956 y faltaban unos meses para la ofensiva contra el ejército del dictador cubano Fulgencio Batista. La columna de hombres que caminaban sobre el Chiquihuite, un cerro al norte de Ciudad de México, se había adelantado unos metros sin advertir la respiración agitada de ese muchacho que años después se convertiría en el icono del rebelde del siglo XX. El instructor del grupo de revolucionarios notó su ahogo y descendió a atenderlo. Su nombre era Arsacio Vanegas, pero en el mundo de la lucha libre mexicana le decían El Kid. «Mi tío se sorprendió de verlo con un inhalador en la mano —me cuenta Ángel Cedeño, su sobrino, a quien Vanegas detalló el episodio—. Le había ocultado a todos que tenía asma». Según su relato, el guerrillero le pidió a su entrenador que no le contara a nadie del incidente.
El luchador que enseñó a caer al Che Guevara.
Martín Riepl. Revista Etiqueta negra n°104

Me apasionó la descripción. Franca, sin recargos de una escena histórica y con personajes tan reconocidos y alguno que nos invita a conocer. Interesante y con personajes que nos revelan otro punto de vista.

domingo, 24 de agosto de 2014

Herencia villarrealina

Quizá es algo genético. La Villarreal ha sido el alma mater de mi abuela, de mi madre y ahora mía. Caminar por cada pasadizo reúne la imagen de las mujeres de mi familia. Haya se sostiene en un patio con forma de estrella rodeado por unas escaleras de mármol, según mi abuela inexistentes en sus años universitarios.

“Haya siempre fue más importante que Villarreal, incluso que la misma virgen de la universidad”, recordaba mi madre. La Villarreal no es aprista, lo sé porque yo no lo soy. Los universitarios no demuestran la fiebre del búfalo. Ya no.

Recorro los tres patios del plantel, primero el patio de educación en su mayoría concurrido por parejas villarrealinas; frente a él, el patio de sociales ausente de los mininos que lo invadieron y por último, en su gran extensión, el patio central ocupado por una plataforma cuadrangular y Federico Villarreal en ella.

“¿Y la cancha de futbol?”, pregunta mi abuelita mirando las fotos que tenía. Ella no volvió a entrar desde hace 46 años y ahora losetas anaranjadas recubren el piso de sus numerosos partidos de vóley. Ahora los islotes de áreas verdes entorno al patio son los lugares concurridos para leer y conversar.

Antes de retirarme hacia el portón general, siento algunos ojos puestos en mí. Camino. Giro la cabeza. Nadie me mira. Olvidaba que Federico Villarreal observa la entrada y cada estudiante que cruza se enfrenta ante su inquebrantable mirada.