martes, 7 de octubre de 2014

Autorretrato

Una navidad en el hospital. Su madre no comía pavo ni panetón. El pequeño árbol con lucecillas y pelotas de colores junto a su camilla. Enfermeras ruidosas en el cuarto de al lado.  Primera contracción. Segunda contracción. Tercera contracción. El 26 de diciembre contradijo pronósticos  y se demoró 32 horas en nacer. Su madre desde ahí supo que sería más terca que ella. Y eso era mucho.

Hija única de madre soltera, no es una hazaña. Ella no necesita una medalla como mejor madre del año. En el Perú, 487 mil 321 mujeres  están en esa condición, no cuentan con ayuda financiera del padre. Mujeres así, son las que intenta imitar. Recuperar esas vivencias y no derrotarse, porque al fin su único rival es ella misma. Su único obstáculo, el que ella crea que lo es.

A pesar de que nació en la provincia chalaca, toda su niñez la pasó en Comas. Ese lugar rodeado de cerros grises, cubiertos por luces nocturnas, donde quizá vive  “el niño de junto al cielo” – este cuento de Congrains era su preferido – lo recordaba cada vez que tenía que visitar a su tía, trepando el pequeño cerro, se creía cada vez más cerca del desafortunado personaje.

Lucía adora a su abuela materna, con quien comparte el mismo nombre. La maga de Rayuela; es decir, Lucía, refiere a tres generaciones y cada una esquiva a otra. “Yo soy Lucía III; mi abuela, Lucía II y mi tatarabuela; es decir, la abuela de mi abuela, Lucía I”, refiere la última primogénita.  

La torpeza se apodera de sus pasos. Cada día comenzaba con alguna eventualidad, alguna herida nueva que tienen que curarle. En el año bisiesto de 1996, durante la Eurocopa, don José Rodríguez atento a la final de Alemania y República Checa escuchó un llanto agudo desde la cocina. Lucita de nuevo se cayó.  Doña Lucía la recogía del suelo, como es costumbre, tomaba su brazo para levantarla. Un grito más fuerte de la pequeña retumbó toda la casa. Con solo meses de nacida se fracturó el codo. El brazo que le colgaba no era más grande que la mano de su abuelo, quien corriendo la llevó a emergencias.

No fue la única operación a la que se sometió, luego del yeso y los clavos que le pusieron; vinieron fracturas, esguinces y distintas complicaciones derivadas a una enfermedad genética. Lucía tiene mala suerte pues. Pero ella se divierte mostrando la cicatriz de su codo derecho. Despreocupada, hasta en el modo de andar.

Sus amigos la consideran feminista. No lo es. Admira a Simone de Beauvoir, pero no es feminista. Repite cotidianamente que “es una mujer libre e independiente por la voluntad de los pueblos”, generalmente cuando intentan costearle algo para ella. Pero no es feminista.  Tiene un afán por detectar el machismo en cualquier persona. Pero sigue sin ser feminista. Admite que la culpa es de su familia, su tía tatarabuela fue una de las primeras mujeres en el Congreso: María Colina de Gotuzzo. Y al igual que ella no podía tolerar el machismo y despotismo de las personas, como dijo en una entrevista “nos veían como bichos raros por ser mujeres”. (Diario: Ojo, año: 2000)

Como villarrealina intenta ser responsable y puntual, casi siempre con éxito. Desaliñada en su forma de vestir, intenta imitar la moda de los 90 con su estilo grunge - corriente surgida en Seattle, Estados Unidos -  su cabello castaño alborotado casi suele ocultarle el rostro, pero que le permite el pogo con su grupo favorito: Nirvana. No hace dieta porque es floja, prefiere leer las novelas que poemas. Aun así, Baudelaire se robó su atención con cada verso.


No sabe hacer una semblanza sin dejar de pensar en sus defectos, tiene el hábito de decir lo que piensa muchas veces sin meditarlo, prefiere la compañía que la soledad, depresiva controlada y constante soñadora sin caer en la mediocridad. Es muy larga la lista, quizá siga creciendo con cada segundo. Por lo pronto conozco muy poco a Lucía.

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