Una navidad en el hospital. Su madre no comía pavo ni panetón. El pequeño árbol con lucecillas y pelotas de colores junto a su camilla. Enfermeras ruidosas en el cuarto de al lado. Primera contracción. Segunda contracción. Tercera contracción. El 26 de diciembre contradijo pronósticos y se demoró 32 horas en nacer. Su madre desde ahí supo que sería más terca que ella. Y eso era mucho.
A pesar de que nació en la provincia chalaca, toda su niñez la
pasó en Comas. Ese lugar rodeado de cerros grises, cubiertos por luces
nocturnas, donde quizá vive “el niño de
junto al cielo” – este cuento de Congrains era su preferido – lo recordaba cada
vez que tenía que visitar a su tía, trepando el pequeño cerro, se creía cada
vez más cerca del desafortunado personaje.
Lucía adora a su abuela materna, con quien comparte el mismo
nombre. La maga de Rayuela; es decir, Lucía, refiere a tres generaciones y cada
una esquiva a otra. “Yo soy Lucía III; mi abuela, Lucía II y mi tatarabuela; es
decir, la abuela de mi abuela, Lucía I”, refiere la última primogénita.
La torpeza se apodera de sus pasos. Cada día comenzaba con
alguna eventualidad, alguna herida nueva que tienen que curarle. En el año
bisiesto de 1996, durante la Eurocopa, don José Rodríguez atento a la final de
Alemania y República Checa escuchó un llanto agudo desde la cocina. Lucita de
nuevo se cayó. Doña Lucía la recogía del
suelo, como es costumbre, tomaba su brazo para levantarla. Un grito más fuerte
de la pequeña retumbó toda la casa. Con solo meses de nacida se fracturó el
codo. El brazo que le colgaba no era más grande que la mano de su abuelo, quien
corriendo la llevó a emergencias.
No fue la única operación a la que se sometió, luego del
yeso y los clavos que le pusieron; vinieron fracturas, esguinces y distintas
complicaciones derivadas a una enfermedad genética. Lucía tiene mala suerte
pues. Pero ella se divierte mostrando la cicatriz de su codo derecho. Despreocupada,
hasta en el modo de andar.
Sus amigos la consideran feminista. No lo es. Admira a
Simone de Beauvoir, pero no es feminista. Repite cotidianamente que “es una
mujer libre e independiente por la voluntad de los pueblos”, generalmente
cuando intentan costearle algo para ella. Pero no es feminista. Tiene un afán por detectar el machismo en
cualquier persona. Pero sigue sin ser feminista. Admite que la culpa es de su
familia, su tía tatarabuela fue una de las primeras mujeres en el Congreso:
María Colina de Gotuzzo. Y al igual que ella no podía tolerar el machismo y
despotismo de las personas, como dijo en una entrevista “nos veían como bichos
raros por ser mujeres”. (Diario: Ojo, año: 2000)
Como villarrealina intenta ser responsable y puntual, casi
siempre con éxito. Desaliñada en su forma de vestir, intenta imitar la moda de
los 90 con su estilo grunge - corriente surgida en Seattle, Estados Unidos - su cabello castaño alborotado casi suele
ocultarle el rostro, pero que le permite el pogo con su grupo favorito:
Nirvana. No hace dieta porque es floja, prefiere leer las novelas que poemas. Aun
así, Baudelaire se robó su atención con cada verso.
No sabe hacer una semblanza sin dejar de pensar en sus
defectos, tiene el hábito de decir lo que piensa muchas veces sin meditarlo,
prefiere la compañía que la soledad, depresiva controlada y constante soñadora
sin caer en la mediocridad. Es muy larga la lista, quizá siga creciendo con cada
segundo. Por lo pronto conozco muy poco a Lucía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario